SANANDO LAS HERIDAS INFANTILES: Un primer paso

“Si lo podemos ver, lo podemos sanar”

Marcela Salazar

Los pies descalzos tocaban el fino rocío que cubría el pasto, y el borde del camisón nuevo tocaba por momentos la superficie de la tierra con el vaivén del caminar. Una indescriptible sensación de libertad, felicidad y unas ligeras cosquillas en los deditos de los pies llenaban por completo mi mente infantil. Era la mañana después de Navidad y yo tendría como unos 5 ó 6 años; casi toda la familia estaba dormida y yo salté de la cama con la emoción del momento, descubriendo esa sensación de caminar descalza que sólo podía darse antes de que empezara a calentar el sol y el rocío se evaporara.

Me sentía volar, mi imaginación estaba inmersa en no sé qué mundos de fantasía, cuando el placer, la aventura, la sensación se interrumpió con un grito “Qué haces ahí mojándote los pies, te vas a enfermar, y además ensuciando la piyama nueva”.

La película se paró de repente, no sé qué vino después, pero imagino que el regaño continuó y probablemente hubo lágrimas. No recuerdo volver a vivir esa misma sensación sino ya mayor, diferente, y siempre con el mismo sentimiento de búsqueda de la libertad.

Este recuerdo vino a mi memoria unos 40 años después, en otro lugar, en otras circunstancias y en medio del invierno madrileño, cuando la imagen del rocío sobre el pasto despertó por un lado el impulso a quitarme los zapatos y sentir y, casi al mismo tiempo, un miedo que no sabía de dónde venía.

Decidí explorar el tema con un ejercicio sencillo dentro de la técnica AONC (autoobservación neutro consciente), que es como un viaje en una cápsula del tiempo donde podemos experimentar sensaciones, recordar emociones, revivir pensamientos y reescribir nuestra propia historia desde la sabiduría y experiencia de quienes somos hoy en día. 

Esta técnica está basada en el conocimiento de las neurociencias que nos explican cómo guarda la información nuestro cerebro, o mejor, nuestros cerebros (según la teoría del cerebro triuno de Paul MacLean) y cómo podemos acceder a lo profundo del inconsciente para transformar nuestra vida.

MacLean nos habla del cerebro reptil, el cerebro mamífero y el cerebro humano, como esa organización funcional y anatómica que se encarga de mantenernos con vida, ayudarnos a relacionarnos con el mundo y desarrollar esas características especiales que nos hacen humanos, y que en otro lenguaje podemos llamar inconsciente, subconsciente y consciente.

Cuando tenemos la opción de “mirarnos por dentro” en un ambiente tranquilo, sin juicio, donde nos sentimos seguras/os y estamos lo suficientemente relajadas/os para navegar en medio de nuestro cerebro y nuestro cuerpo, es como si abriéramos una ventana al pasado para explorarlo y descubrir cómo quedaron esas memorias guardadas y de qué manera nos afectan la vida hoy en día. En este ejercicio vamos construyendo la figura del observador que se “da cuenta” de los contenidos que están en el inconsciente, y con amabilidad y cuidado les abre una puerta para que puedan salir hacia un lugar más luminoso donde podamos transformarlos a nuestro favor.

El ejercicio de AONC me llevó a comprender como adulta a mi madre, a ponerme “en sus pies”, y entender que probablemente yo hubiera hecho lo mismo estando en su lugar, con las preocupaciones de cuidar a 5 hijas y un hijo, a cargo de una familia grande. Si regreso y me pongo en los pequeños pies de mi niña interior, desde su pensamiento infantil se sintió coartada, limitada y herida, guardando un mensaje que aún intento vislumbrar completo, pero que está relacionado con “no puedo disfrutar”, seguramente sumado a otra serie de circunstancias que formaban parte de la educación en un hogar donde yo era la más pequeña de 6, y todas las personas alrededor ejercían el rol de madres o padres. En el cuerpo, este mensaje quedó guardado como miedo en el estómago, y un peso en los pies que me impedía moverme hacia el lugar que yo quería, el de sentir la experiencia de las gotas de agua cosquilleando entre mis dedos.

Si yo me pongo en “los pies“ de mi mamá, ella estaba cumpliendo su responsabilidad: protegerme. Probablemente en ese momento estaba haciendo malabares con el desayuno de muchas personas, pensando en los problemas diarios de la finca, y quién sabe cuántas cosas más rondando en su cabeza. La adulta que soy abraza a la niña que fui, le explica que podemos juntas recuperar esa sensación de libertad, y le promete volver a meter los pies entre el pasto con rocío para acceder a esas memorias ocultas y descubrir qué más dejamos perdido en los vericuetos del tiempo.

En esta oportunidad yo abro un diálogo consciente con esa pequeña niña, le explico el contexto que rodea esa memoria y la convenzo de aprender a enfrentar ese miedo guardado, sabiendo que camino a su lado tomándola de la mano con toda la experiencia y conocimientos de los años que han transcurrido desde ese momento. Ella a su vez renuncia al enojo, lo transforma en valentía para explorar otros mundos y otras emociones, y juntas podemos seguir moviéndonos por ese extraordinario universo lleno de realidades, caminos, monstruos, héroes y aventuras que es nuestro propio cerebro.

Las circunstancias que vivimos en el pasado no se pueden cambiar en muchos sentidos, sin embargo, sabemos que si transformamos la forma de mirarlas, todo cambia. La manera de hacerlo es ingeniería cerebral: abrir ventanas, puertas, escaleras y puentes que nos permitan mirar desde una perspectiva diferente, comprendiendo que desde adentro todo se puede observar, analizar y transformar en las cualidades que el alma quiere que obtengamos de cada uno de los retos que la vida nos pone.

La suma de todas esas personas que soy al interior, desde la niña de este recuerdo, pasando por la adolescente y la mujer en la cual me convertí, la mamá y la terapeuta consciente de las sensaciones, emociones y recuerdos que habitan en mi cerebro, hoy se regocija con las gotas de rocío en una mañana de sol y ha descubierto nuevas formas de disfrutarlas. La niña pequeña me desafía a quitarnos los zapatos y simplemente sentir, y la adulta incluye un sentimiento de gratitud a esa madre que me dio la vida, me cuidó y se aseguró que la mujer que soy llevara por dentro muchas semillas de su propia sabiduría.

Marcela Salazar

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