Una Mamá de colores

Sus manos siempre estaban calientes, dispuestas para hacer cosas, para cuidar.

Su mirada intensa, pendiente de todos y de todo.

Su corazón atento a las necesidades ajenas, especialmente a las de su familia, aunque la verdad, ésta llegó siempre mucho más allá de las fronteras de la sangre.

En nuestra casa siempre hubo lugar para alguien más, consejos para todos, ayuda en lo que se podía. Ese corazón generoso fue el motor de tantos momentos que la memoria no alcanza a guardarlos todos, pero el amor sí.

Podía pasar del rojo intenso cuando se enojaba, haciendo que todos voláramos a cumplir sus órdenes, al blanco brillante cuando se emocionaba y se convertía en un mar de ternura en el que daba gusto zambullirse. 

Su fuerza se tornaba naranja como la llama de una vela cundo se enfocaba en un objetivo, y nada podía detenerla cuando ponía la mirada en las cosas que quería, especialmente si eran para el beneficio de otros.

Podía relacionarse con todo tipo de personas, aunque su sencillez y amabilidad se desplegaba con más naturalidad entre la gente del campo, los abuelos o los empleados de la finca, eso sí, conservando su fuerza de carácter que hacía que todos respetaran su liderazgo.

Tenía en su personalidad todas las hermosas tonalidades de verde cuando sacaba a relucir sus habilidades como curandera, cuidadora, médica empírica, y sus manos mágicas sanaban desde heridas superficiales hasta los dolores del alma.

Tenía una habilidad especial para contar historias del pasado, que eran la más deliciosa sobremesa en medio de esta gran familia de la que fue gestora, algunas veces salpicadas con la imaginación, pero siempre entretenidas y llenas de aventuras, algunas propias otras pertenecientes a familiares y amigos y editadas en su propia mente de juglar.

Cosía, bordaba, tejía, y hacía mil cosas más con sus hábiles manos que al final mostraron las huellas de una vida intensa, y el olor de su pan, su arequipe, sus ponqués y sus guisos surge de la memoria para producir ecos que recorren el cuerpo con una cascada de alegría y sensación de hogar.

Podía saber con una sola mirada rápida que sucedía dentro del alma de cada uno de sus hijos, y nada nada se le escapaba, en esa maravillosa expresión del amor de madre que sigue conectada de maneras insospechadas con lo profundo, aunque esté disfrazado de diferentes ropajes.

Tenía una fe a toda prueba representada externamente en su rosario, sus Vírgenes, su Corazón de Jesús y su Toñito, pero estoy segura que la conexión era directa pues bastaba una sola palabra para recibir sus bendiciones.

Se enojaba, se entristecía, se enfermaba, peleaba, se equivocaba, yo creo que solamente para recordarnos que era tan humana como todos, y que estamos aquí para descubrir todo eso que aún no sabemos para convertirnos en mejores seres humanos.

6 hijos, 15 nietos, tres bisnietos y la Fundación La Mana son parte hoy en día de su legado, sumado a los miles de semillas de compasión, fortaleza, valentía, creatividad, amor por los animales y sabiduría de vida que dejó por allí en cada rincón de su existencia, y de las cuales sigo encontrando rastros que me invitan a caminar con alegría por la vida.

Jamás olvidaré ese último beso en la mejilla, esa última sonrisa, y la paz profunda en su rostro al descansar.

Esta mujer maravillosa es Ana, mi mamá de colores, a quien agradezco la vida, el papá que nos escogió, los hermanos, las enseñanzas y el amor profundo detrás de cada vivencia en el tiempo que tuvimos para compartir.

Con todo el amor, la gratitud y el orgullo que una hija puede sentir.

Marcela

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