SEMILLAS DE VIDA

El mundo se conmociona con la noticia de un niño que decide terminar con su vida debido al acoso escolar, y el tema salta a la palestra alimentado con miles de historias que nos hablan de bullying, maltrato psicológico, depresión, pérdida de sentido de vida, suicidio.

Los padres nos llenamos la cabeza de preguntas, los educadores nos cuestionamos sobre nuestra responsabilidad, los terapeutas pensamos cómo ayudar a unos y otros a encontrar la mirada amplia que nos permita sanar a las víctimas y a los agresores, para que el círculo se rompa y podamos construir ambientes de paz donde todos puedan estar a favor de la vida.

Dar vida, mantenerla, cuidarla, nutrirla, son las labores más importantes que podemos realizar los seres humanos que decidimos convertirnos en padres, apoyados por todos aquellos cuya vocación es estar al servicio de la vida. Aprendemos de muchas maneras, pero siempre la más efectiva es la experiencia, esa increíble forma en que el alma se asegura de que los mensajes queden escritos con fuego adentro, de formas que aún no comprendemos del todo.

Ante estas historias difíciles, yo me pregunto, ¿Cómo aprender de otras maneras que no sea sufriendo? ¿Cómo podemos hacer para enseñar a las generaciones venideras el cuidado de la vida y el cuidado del alma, nuestras y de los otros? ¿Qué necesitamos hacer como padres, maestros, terapeutas, familiares para evitar que nuestros niños/jóvenes pierdan la conexión con la vida al punto de ir contra el instinto más elemental que es el de preservarla y de qué manera les podemos transmitir la compasión, la buena voluntad, la generosidad, el altruismo que los pueden ayudar a llenar la vida de sentido?

Cuidar la vida no solamente es cuidar nuestro cuerpo, sino también nuestros sueños, nuestras necesidades emocionales, nuestros aprendizajes, y lo más importante, la conexión con nuestra alma. Cuidar la vida del otro es comprender que no tenemos que ser iguales para aprender a respetarnos y valorarnos, y que el pensar diferente nos complementa y enriquece cuando somos capaces de incluir a todos con sus visiones diferentes del mundo. También es descubrir que la vida es demasiado valiosa para dejarla en manos de otros sin asumir nuestra propia responsabilidad en cuidarnos por fuera y por dentro, y que en ese amplio espectro de lo que constituye nuestra humanidad necesitamos darle cabida al mundo espiritual que nos ayuda a conectarnos en todos los niveles.

Las tradiciones espirituales nos invitan a reflexionar, a meditar, que no es otra cosa que llevar la consciencia hacía adentro de nosotros y descubrir el origen del sufrimiento para poder aprender las lecciones que trae y acercarnos más al amor. En ese proceso, empiezo a observar lo que tengo cerca para intentar descubrir cómo se preserva la vida desde lo mas sencillo y tal vez aprender cosas nuevas que traigan luz sobre los temas que me preocupan.

La naturaleza es una gran maestra, cuando desarrollamos la capacidad de observar, de reflexionar, de encontrar las lecciones que van mas allá de lo aparente, y para mí caminar, respirar, disfrutar de las formas, colores y aromas del bosque, siempre es algo que me conecta con la vida y me estimula la creatividad, trayendo una gran serenidad a mi mente.

En mi camino, descubro un árbol caído que es terreno fértil para muchas especies y un enorme árbol viejo que extiende sus ramas cobijando lo suficiente para que otros puedan germinar y crecer bajo su protección. Ambos son ejemplos de cómo la naturaleza nos enseña resiliencia, capacidad de adaptación, y especialmente, la necesidad de continuar viviendo a pesar de las circunstancias exteriores hasta que llegue nuestro momento de ofrendar lo que somos a la tierra para que la vida continúe. Un pequeño cordero rechazado por la mamá recorre el rebaño entero buscando alimento, hasta que se rinde y se esconde entre las matas abandonado sin esperanza de vida. Por suerte, es descubierto a tiempo para buscar una madre sustituta, y las fuerzas retornan por un tiempo más permitiendo que su historia continúe.

Observando más cerca, veo a mi padre con sus 90 años y su increíble vida llena de aventuras, accidentes, caídas y vueltas a levantar. Recuerdo a mi mamá como esa tierra fértil y llena de tesoros que nutría a todos, y agradezco profundamente haber crecido bajo esta sombra protectora y generosa que logró mantener, cuidar, y hacer crecer vida de tantas formas diferentes. Todos los días me pregunto: ¿Qué más puedo aprender? ¿Cómo lograron mis papás mantener la vida a pesar de lo difícil, incluyendo sacar adelante a 6 hijos y dejando tantas buenas semillas para recoger?

La historia podría haber sido muy diferente, pues hubo muchos momentos de peligro, de enfermedad, de circunstancias que terminaron bien pero que habrían podido salir mal, de crisis superadas que nos han traído al momento en el que estamos, de lecciones aprendidas y otras que aún nos cuesta trabajo resolver.

Reviso la historia de abuelos y bisabuelos, y encuentro sus dolores, pérdidas, fracasos, quiebras, errores fatales y también los secretos que se fueron con ellos, y atesoro las cualidades que permanecieron en el tiempo formando parte de la herencia familiar que todos los descendientes llevamos dentro. Conocerlos es conocerme, con sombras y con luces, con lecciones aprendidas y otras por aprender. Navegar en su historia me permite reconocer algunas semillas valiosas, muchas que quisiera preservar y pasar a las generaciones siguientes porque reconozco su fortaleza y el potencial que tienen no sólo para ayudarnos a ser felices sino también para permitir que cada uno de nosotros deje este mundo un poco mejor de lo que lo encontró.

Como mujer, he pasado por crisis que me han llevado a la tristeza, a la sensación de pérdida, a sentirme fracasada, y a través de las cuales he crecido; como madre he sido consciente de equivocaciones y me he sentido culpable, descubriendo más adelante que la culpa sólo es una barrera que me ha impedido aprender. Como hija, descubro de repente una preciosa semilla recibida de mis padres, y que constituye un elemento básico de ese fértil terreno que me rodea: la sutil pero fuerte semilla de la esperanza que permanece escondida en cada recodo del camino.

Como un torrente repentino llegan frases acumuladas por la memoria, que reflejan esa fe en que hay un camino adelante, cosas por hacer y esa voluntad para nunca rendirse ante las adversidades. 

“Mañana será otro día”, “Esperemos que mañana llueva”, «Mientras haya vida hay esperanza», “Busquemos opciones para que mañana podamos solucionarlo”….   Son sólo ejemplos que reflejan una manera de pensar que invita a mirar hacia adelante, comprendiendo que la vida está conformada por ciclos y que si las cosas no nos están funcionado hoy, no significa que siempre vayan a ser igual.

Así como en la naturaleza hay estaciones, las personas vivimos etapas de invierno donde sentimos que todo se congela, que debemos “permanecer al interior” cerca del fuego para sobrevivir, y dedicar ese tiempo a cultivarnos y prepararnos para cuando el clima mejore. También hay momentos para sembrar, para escoger lo mejor de nosotros y ofrecerlo al mundo estableciendo relaciones saludables donde el intercambio para crecer sea lo que cree los vínculos, y llegue el momento de la cosecha donde todos nos beneficiemos. 

La esperanza se construye comprendiendo los ciclos de la vida, tomando consciencia de lo que podemos mejorar, aprendiendo a navegar al interior para conocernos y fortaleciendo día a día la voluntad que nos permita superar los obstáculos del camino para avanzar hacia las metas que nos proponemos.

La vida siempre nos pondrá retos delante y para cada uno serán diferentes; cultivar el discernimiento y la capacidad de reflexión nos puede permitir gestionar todas las tormentas, y mantener la conexión plena con la vida hasta que llegue nuestro momento de cerrar el ciclo de la existencia presente.

Si estás caminando al borde de un abismo emocional, no te rindas. Busca formas de construir un puente para pasar al otro lado, comprendiendo que esto sólo es una etapa del camino y que el movimiento te mantiene conectado con la vida, aunque más adelante descubras que puedes corregir el rumbo para estar más cerca de tus metas.

Los tiempos del alma no siempre coinciden con los tiempos de la mente, y muchas veces los aprendizajes y logros permanecen ocultos como un valle fértil escondido entre montañas. Si enseñamos a nuestros hijos a disfrutar del paisaje presente, de las cosas que sí tenemos, cultivando la observación, la capacidad de autogestión de las emociones, y les proporcionamos las oportunidades de desarrollar el altruismo, estaremos sembrando para un futuro diferente. Si les enseñamos que el mundo no es perfecto, que ninguno de nosotros lo es, que lo importante no es nunca equivocarnos sino aprender, tal vez esta sea la semilla que les permita construir relaciones basadas en la realidad y no en la fantasía de mujeres y hombres perfectos.

Si nos damos cuenta que los héroes son las personas normales que se enfrentan a las dificultades de la vida, a las noches oscuras del alma, a los fracasos y las pérdidas, tal vez podamos ayudar a que los niños y jóvenes que nos siguen en el camino, afronten los retos con resiliencia apoyándose en todas las generaciones precedentes que lograron continuar dejando semillas de vida a su paso.

En mi caminar por el bosque descubro algunas de esas semillas que llevo dentro, y me prometo a mí misma cultivarlas como una ofrenda hacia la vida que me ha llegado desde lejos.

Marcela Salazar

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