EL CAMINO DE LA TRANSFORMACIÓN

De la víctima al aprendiz

Y llega el día en que dices: ¡Basta! Ya quiero dejar de sufrir, de sentirme maltratada, de ser víctima de las agresiones de otras personas, y empiezas un camino que tiene muchas etapas, la primera de las cuales es reconocer que hay heridas por dentro, algunas cercanas y otras tan antiguas cuyos detalles se han perdido en la memoria de nuestro ADN, aunque todavía sentimos en lo profundo de nuestro inconsciente sus efectos.

El instinto primitivo nos dice que nos alejemos de lo que nos causa dolor, de la persona o personas que son agresivas, “tóxicas” o que nos demuestran que no nos quieren. Como niños heridos, la primera reacción es huir ya sea físicamente o emocionalmente de una situación difícil, en muchas ocasiones construyendo barreras alrededor nuestro “para protegernos” pero que a la larga nos aíslan del mundo de afuera, y que no sólo nos impiden recibir las agresiones sino también las soluciones para el dolor, perpetuando los ciclos de víctima y agresor per secula seculorum, pues toda víctima que no se sana eventualmente se convierte en agresor de alguien más débil en la cadena de la vida.

Soy terapeuta pero también soy paciente; he sido herida y he causado heridas sin querer, y en mi proceso de sanación voy descubriendo cosas que pueden ayudar a otros a sanar y que se convierten en los tesoros detrás del dolor, debajo de las circunstancias difíciles aportando luz y amor.

En mi camino como terapeuta, las historias de vida de otras personas han ido llegando poco a poco para darme tiempo de sentir, analizar, comprender y pasar por el corazón. Algunas me tocan profundo, despertando memorias ancestrales que no conozco, pero que intuyo, y me obligan a mirar al dolor de mi sistema, a los secretos, a las lágrimas ocultas de generaciones de víctimas y perpetradores que no supieron cómo actuar diferente. Las preguntas aparecen sin cesar: ¿Dónde comenzó? ¿Cuál es el aprendizaje? ¿Qué puedo hacer para acompañar? ¿Cuál es la parte que yo necesito sanar y que esta historia me refleja?

Una parte importante de mi trabajo como Terapeuta y especialmente como Consteladora Familiar, es llevar luz y consciencia a los eventos dolorosos, aportar la mirada espiritual que nos permite transitar el camino de la vida de una manera diferente, sin embargo, a veces no es fácil, pues las historias de otras personas se entremezclan con la mía propia y me llevan a revisar continuamente mi propia visión, para mantenerla neutral y amorosa, integrando aquellos aspectos que forman parte de mis puntos ciegos. Acompañando a sanar, me sano yo también en la medida en que hago consciencia en mi interior.

En mi propio camino he adquirido la certeza que la única forma de romper el círculo víctima-agresor es mirar al dolor y transformarlo en aprendizaje.

En ese camino de Transformación mi segundo paso ha sido mirar al dolor de frente, sin anestesia ni filtro, sin juicio, con mucho amor y compasión, para descubrir la lección que subyace en toda circunstancia por difícil que parezca. También fue necesario para mí ponerme en los “zapatos” del “agresor” para comprender dónde se gestó la rabia que descargaba contra mí, tomar con responsabilidad la parte que me correspondía, desarrollar la compasión por la historia y sus personajes y así poder mirar desde un lugar que me permitiera salir del círculo vicioso del “por qué a mí” cambiando a qué puedo aprender de lo que viví”.

Ese paso me permite continuamente acceder a un mundo nuevo, a una mirada más amplia que trae muchísima Paz al interior, porque me ha llevado a perdonar, perdonarme, aprender de mis errores y sanar en mí las circunstancias que atraen las agresiones del exterior. A ese lugar de Paz, se puede acceder cuando empezamos a desarrollar “la mirada espiritual”, la que nos permite comprender las circunstancias dolorosas y ver desde diferentes lugares una misma situación, para llegar a la lección que subyace, al aprendizaje que como almas necesitamos adquirir y que una vez logrado nos trae sabiduría, amor profundo y los talentos que desarrollamos en medio del camino hacia esa Paz de verdad que se siente por dentro y que nos evita seguir repitiendo una y otra vez las circunstancias difíciles.

En éste camino he descubierto que tomar consciencia nos va cambiando sutilmente la mirada, nos permite aprender de una manera distinta que no es necesariamente la del dolor, en la medida en que el trabajo interior nos lleva a descubrir nuestras sombras y a crecer como personas.

Sanar por dentro significa mirar a nuestras heridas y expresar los sentimientos ocultos, para que no se conviertan en comportamientos tóxicos que produzcan daño sin querer a las personas a nuestro alrededor. Es la forma de salir de un círculo vicioso y pasar a un nivel más consciente donde la responsabilidad por nuestros actos nos permite pedir perdón y reparar cuando nos equivocamos y tener la capacidad de perdonar cuando otra persona se equivoca.

Sanar por dentro es también lograr que fluya el amor, ese que nos permite cuidarnos a nosotros mismos, querernos, respetarnos y desear lo mejor adentro para que sea lo que atraigamos afuera.

Sanar es pasar de sentirnos víctimas de las personas y las circunstancias a ser aprendices de la vida y de quienes nos rodean, comprendiendo que cada lección es importante para nuestra evolución y que la vida nos trae los maestros que necesitamos para ello.

Sanar es un camino que empieza por dentro, y las lecciones pendientes vienen de la mano de las personas que nos rodean actualmente, especialmente de aquellas con las que nos cuesta trabajo relacionarnos, de las crisis y del caos que pueda haber en nuestra vida.

Por difícil que parezca a veces ese camino, la transformación al interior va sucediendo y un buen día nos damos cuenta que sale el sol, llega un pequeño viento que nos impulsa y de alguna manera desplegamos nuestras alas para disfrutar de los talentos adquiridos en medio de la travesía. 

A ti que estás leyendo estas palabras, ¡buen camino!, cualquiera que sea el que emprendas para sanar.

Marcela Salazar

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